Ella camina sin rumbo taconeando la vida. El silencio es tan claro que cuenta sus pasos y al llegar a los 20 se pierde su cuenta en el silencio. Aquel silencio que intenta matar a diario, aquel silencio que le hace soñar para ser feliz. Pero a la soñadora le han robado los sueños, le han dejado vacía el alma y ahora intenta bailar. Pero parece que en todo esta él, aquel culpable de su agonía, ¿Lo recuerdas? ese invierno que dejo de ser frio por la calidez de un amante. Un hombre que la sedujo sin querer tener nada, y ella que cayo sin tener quien la atrapara. El tiempo pasó, más rápido que ahora, y en ella creció lo que antes no estaba y en él empezó el fin de la dama. Se dice que para matar se necesita un arma que desgarre el musculo y penetre algún órgano hasta desangrar la esperanza, pero para matarla a ella solo era una palabra. Y escrito en la pared, el destino le advirtió al joven que la lengua es poderosa pues lo que se dice no se borra. Pero no sirvió de nada pues lo dicho, dicho esta, le dijo a ella que no era nada. Y la mujer que había dado lo que todos le habían quitado ahora observaba como gotas de rubí se escurrían en el suelo gritando que su corazón había muerto. Y las piezas de cristal del delicado cariño que tenía por él, se esfumaban con el viento ante la angustia de sus ojos. Ahora en su soledad le ruega al calor de las velas que estas quemen los segundos para que el día se vaya y la noche dure poco, implora al taconear de su calzado que con sus pasos puedan matar el silencio que la estrangula, suplica al viento que se lleve sus sueños y reza a la luna que le extirpe del pecho este constante dolor que crea charcos en sus ojos. Pero si pudiésemos conseguir lo que queremos con tan solo pedirlo, la vida seria rosa, y en cambio aquí se aceptan las torturas de que amar es como plantar una rosa y que cuando se pudre solo quedan sus espinas. Sin embargo uno intenta pegar los pétalos para que florezca, pero si uno lo hace, únicamente termina desgarrándose la piel una y otra vez y las heridas se hacen más profundas. Y se acepta la tortura de la decisión de esperar a plantar otra semilla para que se pudra o mandar al infierno todo jardín de edén que los cuentos prometen. Por eso la soñadora solo sueña, por que le mataron los sueños, sueña por que en los libros solo encuentra mentiras y en su eterno amor por su asesino encuentra paz. Así seguirá hablando con la soledad, matando el silencio con su caminar y soñando por aquel invierno que dejo de ser frió por el calor de su amante.
Matando el silencio.
La cajita dorada
Alguna vez en este mundo hubo una noche de pena. Una noche que la gente guarda en sus suspiros y olvida en las canciones de cuna, una noche donde solamente se dieron lamentos y lagrimas, la noche en que todo mundo se odio y el amor se perdió. De pronto nace de un milagro, la caja dorada, un descubrimiento en lo más profundo de todos los bosques, una especie de caja pequeña únicamente para albergar a una persona por el tiempo que esta quisiera utilizarla como hogar. Si lo pensamos críticamente, podríamos decir que este cofre es una estupidez, pues quien entra ahí se pierde de los cantos de las aves todas las mañanas, se olvida de los colores del atardecer y pierde todo contacto con lo que alguna vez conoció. Sin embargo, la vida no es para verla con lógica si no para verla con los ojos de quien la tiene, solo así podremos observar que la caja es nada más que el utensilio más eficaz para resguardar un corazón del vendaval del destino. Pero que quede en claro que este ataúd de corazones no es un castigo, ni encierra a nadie. Es decir, quien decide usarla es bienvenido dentro y puede salir cuando este guste. Por supuesto no hay que olvidar que a la vida le encantan los trucos y las vueltas, por lo tanto a creado esta caja dorada con algún polvo invisible que se mete por los intestinos y se entierra muy dentro del cerebro volviendo el escondite una adicción para el ermitaño. ¡Se los aseguro! es toda una droga esta cajita con sus doradas paredes, uno se va acostumbrando a su olor, a la escasez de espacio, al poco brillo que se filtra por sus esquinas, uno se va acostumbrando a olvidar. Porque el olvido es la más dolorosa y segadora medicina para no matar al corazón con las memorias y los accidentes de un pasado lóbrego y sin salida. Y déjenme decirles que hace calor una vez dentro, un calor de mil infiernos que te hace sudar amargura, hasta uno la saborea una vez que lleva tiempo ahí metido, la saborea por las miradas de quien se asoma por curiosidad. Uno muere pero sigue viviendo, o en otras palabras, uno ya no es pero su corazón late aunque roto este. Y si vivir es caminar por que uno abre los ojos en la mañana, entonces esta caja si te mantiene vivo, frio pero vivo. Pero no, ese no es el problema, una vez que llevas conociendo esta madriguera se va haciendo uno espacio, un hoyo profundo hacia abajo, si quiera para estirar las piernas, hasta llegar a un momento en donde el pánico se apodera de tu frívola existencia y de una vez por todas Dios te ilumina los sesos con la idea de “quiero salir”. ¡BAH! tontos, volteas de lado en lado y te das cuenta que cavaste tu propia entrada al inframundo y ya no ves la luz con facilidad. Ahí es donde nos encontramos, mi querido lector, o mas bien donde estoy yo. ¡Apresúrate, con más prisa, arrójame una soga! ayúdame a salir, pero no veas mi corazón en el alba pues de tanto frío el será el único que no podrá salir.
Lagrimas de cristal
¿Alguna vez has probado las lagrimas a media noche? Su sabor cambia mucho, en vez de saladas las lagrimas en el principio de la madrugada saben a muerte. La luna las transforma con su tenue luz a gotas de cristal, y al caer por las mejillas raspan la piel hasta resbalarse del rostro y destrozarse en el suelo, dejando pequeños pedazos del mágico vidrio por todos lados buscando causar heridas sangrantes. Son lagrimas de soledad, lagrimas puras de dolor que infectan las extremidades debilitando las piernas y alentando los movimientos de los brazos por querer limpiarse de la tajante agua que brota de los ojos. Pareciera como si el hecho de ser media noche hiciera que el tiempo se fuera de paseo y por un segundo el mundo esté lo suficientemente ocupado para que creas estar abandonado en esta sosegada tortura. Los sentidos se apagan, lo único que se escucha es la fractura del corazón que rechina hasta lo más profundo del tímpano, lo único que se siente es la angustia que se columpia en las costillas y se exhala con cada respiro, lo único que se saborea es la amargura de la muerte, el fallecimiento de ese pedacito que sobraba del corazón, ese pequeño que guardabas para amar. Te das cuenta que la química de las lagrimas lo han derretido y después se ha evaporado para escaparse en cada suspiro. Finalmente, aquella pieza pulverizada actúa como tu ultima esperanza de no morir por la congoja y te deja viajar a un sueño profundo en busca de algo mejor, de otra realidad, una realidad donde tu sonrisa no se vea quebrantada y tus ojos muestren el fulgor de la felicidad que tanto añoras para que solamente las lagrimas de cristal sean un adorno de oficina.
La chica del autobús

Siempre esta ahí, parece una sombra entre los corredores, sonriente, pálida y pues…ahí. Es únicamente una mujer caminando, usualmente resalta por ser la cebra entre todo este establo, y por esto mismo ha dejado de resaltar pues toda la granja se ha acostumbrado a su presencia. Sin embargo hoy me encuentro algo sorprendida, hoy sus ojos negros no se ven apenas la orilla, pues sus parpados han decidido acobijarlos con un aire de intriga y preocupación en su rostro. Su caminata no parece tener sentido, va en línea recta pareciendo como siempre saber su destino, pero busca con la mirada apagada el camino al autobús. Cualquiera que no la conociera diría que esta enferma, que le molestan los intestinos irritados por alguna sustancia rancia que tal vez cenó. Pero no, no era un ardor en el estomago el que le quebrantaba la sonrisa que ahora en vez de curvarse en sus mejillas parecía mas bien un zig zag, era algo más, un secreto. Le habían confiado un secreto muy grande, algo personal y fuerte, algo que ella no podía comprender con la inocencia en que confiaba de alguna forma en que la juventud no tenia que igualarse al desorden y la inmadurez. El secreto escondía entre líneas a su amiga que era una niña jugando a estar lista, una niña confundida y sola que entre malas palabras y varios vicios pretendía ser adulta. Aquella amiga suya no se dió cuenta que a quien confió su secreto era su contrario en el espejo, esta chica sin nombre en el autobús siempre analiza a sus pasajeros y cómo siempre el camión los llevaba al mismo lugar. Los veía bajarse decepcionados, los veía subir con entusiasmo, los observaba dormir en el transcurso mientras otros trabajaban, no importa el caso, ella siempre los analizaba. Y ahora tenía el corazón envuelto en rasposas vendas, analizar a su compañera se lo ha roto y justamente le ha dado justificación a su mirada sin luz. Está decepcionada, más de todos que de su amiga, sus pequeños ojos se han abierto a ver a los pasajeros de otra manera y tiraron la confianza y la esperanza en ellos. Ahora no los mira pues cierra los ojos y espera que el mastodonte con ruedas llegue veloz a su hogar, su pecho se levanta ligeramente con los suspiros que regala al aire mientras las ruedas del transporte ruedan eternamente sin llevarla a ningún lugar. Y ahora que finalmente era momento de bajar la chica se levanta con la frente en alto, si tan solo supieran todos ellos la defensora que acababan de perder, pensó, lo habrían pensado dos veces. Sin embargo el orgullo y la tenacidad no fueron suficientes para detenerla a volver la mirada discretamente al bajar los escalones del gigantesco automóvil y así despedirse de su ayer.
Fácil
Que fácil es decir que una persona jamás cambiara, aun mas fácil alardearlo en su presencia. Que fácil es soltar un comentario indebido, que fácil es decirle a alguien que cierre la boca sin saber que tal vez lo que diga es muy importante. Que fácil es juzgar la madurez por cuestión de edad y no de experiencia, que fácil es juzgar la experiencia por cuestión de edad. Que prófugo es decir fácilmente a alguien lo mucho que lo odias, lo mucho que odias su forma de ser, lo difícil que es vivir con sus alegatos y estupidez. Que fácil es decirle a alguien que no te comprende y que no te importa como te sientes, cuando ni si quiera te importa lo que esa persona sienta en realidad. Que fácil es escaparse de los problemas con un problema mayor, que fácil es decirle al problema que no es problema del todo, si no que es una variable de un mundo paralelo al tuyo en el que tu, muy ocupado, no tendrás la molestia de tratar. Que fácil es decir no a una solicitud desesperada, que fácil es juzgar al que la solicita. Que fácil es recaer en la depresión por un comentario que se dijo fácilmente en tu contra sin conciencia alguna. Que fácil es crearse un rencor de por vida. Que fácil es romperle el corazón a alguien. Que fácil.
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