Mostrando entradas con la etiqueta mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujer. Mostrar todas las entradas

Si otra vez me enamoro, no será de una mujer...


   Si otra vez me enamoro no será de una mujer. Una vez caí en la trampa de uno de esos demonios disfrazados de ángeles y tengo que confesar que fue la tortura más dulce.  Verán, yo me enamoré de noche, respirando aires de venganza en mis pulmones después de una tormentosa pugna de pasiones. Yo me enamoré de noche. Es importante aclararlo, porque las alimañas que salen a la luz del día no son las mismas venenosas criaturas que se ocultan en las sombras de la noche. Las bestias que atosigan la nocturna son más complejas, más bellas, más seductoras...más letales. Son puras y por lo tanto llamativas para los débiles cangrejos del atardecer como yo. Por eso no me sorprende que cayera en sus garras sin mucha dificultad. Era media noche y en uno de los cruces de calles frente a la iglesia de San Lorenzo las luces de los faroles parpadeaban, todas menos una: la que reflejaba su sombra. Una silueta que trazaba en el tibio adoquín curvas peligrosas en donde mi mirada, con asombro, se perdió hasta llegar a la punta de sus pies. Estaba descalza y jugaba con la falda de su holgado vestido mientras se acomodaba para sentarse en la esquina. Yo quise ignorarla, una mujer nunca me había llamado la atención de esa manera antes, no iba a permitir que mis melancólicos pensamientos ahogaran la poca cordura que me quedaba. Sin embargo cuando me disponía a dar media vuelta y pisotear mi humilde existencia hasta mi cama,  su voz me detuvo. ¡Dios qué voz! Parecía un suspiro cuidadosamente diseñado con  el sonido de un dramático violín y una mimosa guitarra. Me preguntó por qué me iba; yo, no pude responderle con palabras. Giré para acercarme a ella y me topé con su alma posada en una mirada azulada que brillaba bañada en una luz de plata. Sonrió y sus mejillas se esponjaron coquetamente; yo, no pude corresponderle con la mía. Se levantó delicadamente y casi flotando se acercó a mi cantando; yo, no pude moverme con la misma gracia. Pasó sus dedos por mi cabello y me susurró al oído mil poemas para después acariciarme el rostro con un millón de cuentos; yo, no pude besarla. Y de pronto me quedé con el corazón abierto haciendo eco con sus latidos en la calle, completamente sola. La bella dama había desaparecido en la obscuridad del firmamento y me había abandonado. Pero yo nunca la olvidé, la busco todas las noches entre las llamas de una vela o la esperanza de un deseo, entre versos y prosas, entre relatos y experiencias. La busco y cada vez que la encuentro brillando redonda entre el mar de estrellas le guiño el ojo para que no se olvide de nuestro secreto. Sí, yo me enamoré de noche. Caí apasionadamente en los pies de la mujer de todos los bohemios, la diosa de todas las musas y ahora me veo castigada en el limbo del arte en búsqueda de sus dulces caricias. Por eso si otra vez me enamoro no será de una mujer...no será de nuevo de mi luna hermosa.

El Veneno

 

 

IMG_2712

          Esa tarde en el mercado te había visto, pues te habías desecho de tus alas de ángel y tu cola de diablo para llenar un vestido ajustado y rojizo que te disfrazaba de mujer distraída oliendo las flores. Y cómo olvidar ese perfume que fue el veneno que marcó los ríos de delirio en mi cordura que mojaron las ganas de seguirte la sombra. Esa silueta iluminada únicamente por el más cálido fuego de las pasiones más efervescentes que resguardabas en tus guiños. Y te seguí hasta la plaza mayor para perderte por un ratito y después seguirte el rastro por el raspar de tus tacones que hicieron eco hasta en el oído más sordo. Pronto te acorralé en un callejón apretado y me acerqué con decisión y una sonrisa que reconoció tu belleza invitándote un par de copas en un bar muy cerca y con un regocijo esponjado aceptaste titubeando. La conversación fluyo como canto de cuna para el sol que fue a dormirse y después trajo a luna que con sus luceros nos invitó a bailar en tu departamento. Y con el ritmo de tus caderas me acobijaste los ojos para soñar que tu eras una flor desvestida y tus labios eran del color carmín que bañaban todos mis atardeceres. Pero una vez abierta mi mirada, tu sonreíste y me besaste en la mejilla agradeciendo la velada diciendo que si era tarde tu sofá me esperaba. Y aun que el reloj decía sólo media noche y mi piso estaba a dos calles, a regañadientes murmuré lo peligroso que era mi travesía de vuelta y que la oferta sonaba de maravilla. Finalmente mientras me dabas una almohada y un cobertor viejo mi mente se arrodillaba diciendo gracias a la suerte que tuve en verte y las agallas que me diste de seguirte que luego me dieron la oportunidad de robarte un beso.