Lagrimas de cristal

¿Alguna vez has probado las lagrimas a media noche? Su sabor cambia mucho, en vez de saladas las lagrimas en el principio de la madrugada saben a muerte. La luna las transforma con su tenue luz a gotas de cristal, y al caer por las mejillas raspan la piel hasta resbalarse del rostro y destrozarse en el suelo, dejando pequeños pedazos del mágico vidrio por todos lados buscando causar heridas sangrantes. Son lagrimas de soledad, lagrimas puras de dolor que infectan las extremidades debilitando las piernas y alentando los movimientos de los brazos por querer limpiarse de la tajante agua que brota de los ojos. Pareciera como si el hecho de ser media noche hiciera que el tiempo se fuera de paseo y por un segundo el mundo esté lo suficientemente ocupado para que creas estar abandonado en esta sosegada tortura. Los sentidos se apagan, lo único que se escucha es la fractura del corazón que rechina hasta lo más profundo del tímpano, lo único que se siente es la angustia que se columpia en las costillas y se exhala con cada respiro, lo único que se saborea es la amargura de la muerte, el fallecimiento de ese pedacito que sobraba del corazón, ese pequeño que guardabas para amar. Te das cuenta que la química de las lagrimas lo han derretido y después se ha evaporado para escaparse en cada suspiro.  Finalmente, aquella pieza pulverizada actúa como tu ultima esperanza de no morir por la congoja y te deja viajar a un sueño profundo en busca de algo mejor, de otra realidad, una realidad donde tu sonrisa no se vea quebrantada y tus ojos muestren el fulgor de la felicidad que tanto añoras para que solamente las lagrimas de cristal sean un adorno de oficina.

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