La orquesta del alhajero.

 

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Polvoso, roto y posado en un rincón del armario, yace el mejor teatro de todos los tiempos. Un alhajero azul que en algún tiempo fue brilloso pero ahora pareciese que la mugre acobijo la diminuta caja y decoloró los metales que se aseguraban de levantar su cubierta y mostrar a la bella bailarina. Una muñeca de porcelana, finamente elaborada con las manos de algún artesano europeo, sonreía cada vez que la dama dueña del cofre se aventuraba a explorar con los dedos entre las joyas ahí guardadas. Pero eso fue hace mucho ya, ahora en vez de ser la atracción principal, la joyería aplastaba su cuerpo día con día. Los ratones que tenían sus madrigueras dentro del ropero cuentan con notable lástima que la muñequita se había enamorado de una fotografía hace ya unos 15 años. En ese entonces la joven mantenía fotos de su amante por debajo de los perfumes. La orquesta del alhajero era joven, dicen, pues tocaba todos los fines de semana para la señorita que alegremente miraba a la bailarina dar vueltas al ritmo de la melodía que brotaba de la caja al girar una llavecita dorada en una de sus esquinas. Ahí es cuando la muñeca era dueña del escenario, y entre vueltas y vueltas la fotografía de un esbelto muchacho atrajo su mirada. En cuanto el alhajero se cerraba la delicada diva lloraba sus lamentos toda la noche rogando a Dios que abrieran el teatro al siguiente día. Así, fue como del amor platónico nació la agonía, la necesidad de poder ver de cerca el retrato, pero un resorte impedía su salida del alhajero y encadenaba su sueño de ver al hombre por el cual regalaba mil suspiros al tiempo.  Decidida por el amor, utilizando la punta de un pendiente, desprendió sus zapatillas de la plataforma del cofre y arrastrándose y saltando intentó con todas sus fuerzas convencer a los cerrojos que la dejaran salir. Sin embargo sus esfuerzos únicamente lograron empujar la mitad de su cuerpecito dejando al merced del cierre brusco sus piernas. La bailarina que ahora no podía bailar fue condenada por falta de herramientas a ser guardada junto con los tesoros del alhajero que ya casi no se abría pues la dama que amaba tanto su caja musical ya no buscaba joyas por vergüenza a ver rota a su bailarina. Hoy finalmente la orquesta se levanta una vez más y llena con luz los brillosos tesoros limpiando así las lagrimas polvosas de soledad que cubrían el rostro de la bailarina. La diminuta no podía creer lo sucedido y mientras dos ásperas manos tomaban sus piernas y su torso escuchó el suplicar de la muchacha hacia un hombre, no cualquier hombre. Los ojos claros llenos de fulgor que la porcelana no podía brindar, volvieron a la vida cuando  la muñequita notó que el hombre del retrato del cual siempre estuvo enamorada sería su héroe en raparla por su sacrificio amoroso que alguna vez hizo. Volviendo al escenario su sonrisa le mintió por un rato, le hizo creer que ella siempre estaría con él, que su danza le fascinaría, que finalmente sería feliz y que la orquesta del alhajero arrullaría sus sueños.

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