El silencio hace ruido

 

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El sol del domingo se las ha arreglado para agrietar mis parpados poco a poco hasta despertarme. Los silbidos de los pájaros parecen decir que si no me levanto rápido el día se me va a ir volando como ellos. La rutina de estirarse mirarse al espejo y convencerse que esto de parecer medio muerto únicamente es momentáneo es cosa que hago en automático, pues mover las piernas sólo por tenerlas no significa estar despierta. A mitad de mi té matutino repasó mi agenda imaginaria mientras recorro con mi mano derecha la curiosa taza. Cuando el calor abraza mi palma se me viene a la mente “Hoy tengo que ir a la librería” o más bien santuario de aventuras que no viviré y personas que nunca seré. Después, en la ducha, me doy cuenta que mi cabello a crecido mucho desde la navidad pasada, antes tocaba mis hombres y ahora llega a cubrir mi pecho, por lo tanto es muy travieso, queriendo aferrarse a mis orejas se forma de nudos que me gusta primero localizar con los dedos y luego asesinarlos con el cepillo. El vestirse es otro cuento, la ropa mal doblada pero muy bien organizada dormita en los cajones esperando nadie la encuentre, pero hoy es domingo y ninguna vestimenta en las gavetas es la que me pondré, hoy será un vestido. Los vestidos que son como sombras colgadas en mi armario, esperan el fin de semana para adueñarse de mi cuerpo y el suertudo será el azul marino. Muy cómodo, sin botones y con un moño en la cintura se convierte en lo último que me faltaba para salir. Me aventuro a llegar a la plaza y decido perderme entre los miles pasillos de libros. parecen ser emparedados de letras, muy ajustados, muy nuevos ¿Quién regalaría algo así? Después de pasear mis ojos por toda la tienda, me tropiezo con una mesita de escritorio que parece ser el contador y ahí una señorita uniformada solicita ayudarme y yo con la boca seca le respondo “La Mecánica del Corazón por Mathiaz Malzieu por favor”, sólo necesitó una coreografía por el teclado de su computador para encontrar la ubicación exacta del libro que buscaba. La mujer, sin mucha expresión en la cara tomo el primero que vio del estante y sin mirarme me lo dio. La ingrata no sabía de libros, pensé, los libros se escogen con cuidado, no por que haya muchas copias significa que todas son iguales. La detuve en su caminar y le dije “¿No tiene de pasta dura?” Estos libros de hoy en día que se conforman con ser cubiertos de plástico y no vestirse de gala para el lector, decepcionan al ojo, enserio. Finalmente entre una mueca molesta y muchos libros, la mujer encontró la única copia de pasta dura. Y cuando tomó mis 200 pesos recordé en mi cerebro la dulce historia que guardaba en sus páginas y me repetí mil y una veces lo mucho que te encantará leerla. Antes de volver a casa, me he tomada la molestia de comprar una linda caja para el libro para que se viera justo como un regalo, ya que al regalar libros no regalas páginas con garabatos, regalas llaves a otros mundos y por lo tanto se entregan con elegancia. Llegando a mi habitación me siento en los pies de la cama, manoseo la caja con el libro y la aviento a mi almohada . Me levanto y me dirijo hasta el baño, se escucha un silencio morboso, un silencio que hace ruido, y hace ruido por el taconeo de mi caminar, hace ruido por que el cuarto esta vació, hace ruido por que no estas. Al mirarme al espejo y deshacerme el peinado me es fácil dejar de respirar y dejar de soñar, pues tu no estas aquí y el libro no te lo voy a poder dar. No estas aquí, ni pronto lo estarás y por eso existe este silencio tan ruidoso en el alma. Es ruidoso por que me grita que no bailaras conmigo esta noche, que no podré preguntarte cómo llegaste aquí, que no leerás ni la primera palabra de mi libro favorito. Y todo es por que la soñadora sueña. Sueña y no para de soñar porque los sueños la mantienen viva, le dan razón y esperanza de vestirse linda y seguir soñando para ver si en alguno de sus sueños te apareces como una realidad…sin embargo hay silencio de vez en cuando, un silencio que hace ruido en el corazón.

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